Cuando la rutina urbana exige una pausa y el cuerpo pide aire puro, historia y sabor, el sur del Estado de México guarda un refugio que lo tiene absolutamente todo, apenas a un par de horas de la capital del país, Tenancingo se revela como el destino perfecto para una escapada de fin de semana, un rincón donde los sentidos se despiertan entre bosques de neblina, telares centenarios y un recetario culinario legendario.
Sábado: Entre bruma monástica y miradores sagrados
El viaje comienza temprano para aprovechar la frescura matutina, la primera parada obligada es el Santo Desierto del Carmen, un antiguo convento carmelita fundado a principios del siglo XIX, caminar entre sus muros de piedra volcánica, cubiertos de musgo y abrazados por imponentes pinos, es una experiencia casi cinematográfica. Siguiendo los senderos del parque nacional, descubrir ermitas ocultas en la montaña regala una desconexión total.
Al mediodía, el camino asciende hacia el Cerro de las Tres Marías, donde el imponente Monumento a Cristo Rey extiende sus brazos para dar la bienvenida. Desde este mirador natural, el Valle de Tenancingo se despliega como un mosaico de techos de teja roja e invernaderos relucientes, con el apetito abierto tras el recorrido, es momento de descender al mercado municipal y rendirse ante el rey de la mesa local: el obispo, un suculento embutido de cerdo relleno de especias y chiles, disfrutado en una torta acompañada de chicharrón y “gatos” (chile manzano con limón).
Domingo: El arte de los hilos y un mar de flores
El segundo día invita a descubrir la maestría artesanal que ha dado fama internacional al municipio, visitar los talleres tradicionales de los maestros tejedores permite atestiguar el complejo arte del jaspeado en los telares de pedal, donde nacen los emblemáticos rebozos de bolita y de artisela, verdaderas joyas de la alta costura nacional que cargan siglos de identidad.
Para cerrar con broche de oro, un paseo por el bullicioso mercado de flores estalla frente a los ojos con una sinfonía cromática de rosas, lilis y gerberas cultivadas en los invernaderos locales, entre aroma a tierra húmeda y la calidez de su gente, Tenancingo despide al viajero con la certeza de que un solo fin de semana sabe a poco, dejando el firme deseo de volver.
